domingo, 14 de abril de 2013

~ 1 ¿Me estás tomando el pelo?~

Corría calle abajo, había llovido y el suelo estaba mojado. Pero tenía que seguir corriendo.
¿El motivo? Legaba tarde a casa y mi madre era muy estricta en cuanto a la hora de llegada. Pensareis que soy una exagerada, o directamente estúpida, pero creedme cuando os digo que no exagero en lo más mínimo, es más, se han dado casos en los que mi madre me ha castigado por llegar cinco minutos tarde.
Ya eran casi las diez y media y aún me faltaba un buen tramo para llegar a mi ansiado destino.
Apuré el paso todo lo que pude.
Me ardían tanto los pulmones que apenas sí podía respirar, mis piernas parecían estar a punto de quebrarse. Odio correr.
Intenté distraerme con cualquier cosa, pero no resultó ser muy buena idea. Me choqué contra algo y caí al suelo.
-¡Genial!- me había calado entera y mis pantalones, antes azules, ahora eran marrones.
-Pues si esto te parece genial conozco un lodazal que te encantaría.
Mire al frente y vi al chico contra el que me había chocado. Era un joven de unos veinte años aproximadamente. Tenía el pelo completamente blanco, lo cual me llamó mucho la atención teniendo en cuenta que sus ojos marrones delataban que no era albino. 
-Lo siento mucho.
Me levanté con toda la dignidad que pude reunir, que no era mucha.
-No te había visto, lo lamento muchísimo, si hay alguna...
-¿Irene?-El chico se me quedó mirando cómo esperando una reacción por mi parte.
-¿Co...co...cómo...?- dejé la pregunta suspendida en el aire y comencé a correr aún más rápido que antes, si es que es posible.
Cómo narices sabía ese chico mi nombre, yo no conocía a nadie así, ni siquiera de esa edad.
Comencé a correr sin rumbo fijo, dato del cual no me dí ni cuenta hasta que me fijé en que me había metido en un callejón sin salida.
Me dí la vuelta lo más rápidamente posible esperando que el chico no me hubiera perseguido, pero cómo no, nada podía salir como yo deseaba.
-Si te acercas gritaré.
-Una gran amenaza pero, si aceptas un consejo, será mejor que no la utilices mucho. Créeme, si alguien quiere hacerte daño no vas a conseguir disuadirle con un gritito de niñata.
Será hijo de...
-¿Cómo sabes mi nombre?
-Digamos, por decirlo de algún modo, que ya nos conocíamos.
-¿Eres un acosador?
Mi pregunta no le podía haber dejado más descolocado.
-¿Que si soy qué?- su cara en estos momentos era todo un poema- créeme, si lo fuera no gastaría mi precioso tiempo contigo.
-Rodrigo, tenemos que irnos ya, date prisa y deja de hacer el tonto - una chica apareció tras el que parecía llamarse Rodrigo.
La chica me dio cierto grado de tranquilidad, al menos sabía que no me iba a violar, como mucho sería un secuestro. Era de estatura media y delgada. Tenía el pelo completamente blanco al igual que Rodrigo, ¿Sería alguna nueva moda? Sus ojos eran de un azul muy claro.
-Cuando notes los cambios llámame- me lanzó una tarjeta con su número de teléfono y su móvil.
-¿Qué cambios? - cogí la tarjeta con desconfianza. 
-Ya lo verás.
Ambos desaparecieron sin mirar atrás.
Acababa de vivir la situación más extraña de mi vida y no sabía si reírme o preocuparme de verdad.
De repente me acordé, llegaba ya tarde a casa, eran ya casi las once y mi madre definitivamente me iba a matar.

Abrí la puerta de casa lo más sigilosamente que pude, pero mi madre estaba allí esperándome. Que grata sorpresa. 
-¿Se puede saber qué narices has estado haciendo para llegar tan tarde?-habló en voz baja para no despertar a mi hermana, pero para mí es como que hubiera gritado, porque detrás de esas palabras había una gran verdad escondida: estaba castigada.
-Lo siento, no ha sido mi culpa, cuando venía hacia aquí me he encontrado a un chico que parecía conocerme y me he puesto a correr y...- mi madre me miró con cara de "estás mintiendo" - ¿No me crees?
-Ya estoy más que harta de tus bromitas y tus mentiras.
-¡No miento!, ¿Y si me hubiera raptado?
-No levantes la voz y vete a tu cuarto, estás castigada.
Hice lo que mandó, sabía de sobra que llegado este punto ya no había nada que yo pudiera hacer.
Subí las escaleras de lo que un día fue un sótano, mi actual cuarto.
Me tiré sobre la cama sin siquiera quitarme las zapatillas y rápidamente me quedé dormida, había sido un día agotador.

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